Lo que se lee en romántica se queda en romántica.


Fotógrafo: Paco Vila

¿O no es así, amigas lectoras enamoradas del amor? Yo lo he dicho siempre. ¿Sabéis a lo que me refiero? En seguida vamos a verlo.

Imaginaos que acabamos de terminar una novela romántica… ¿Cómo nos sentimos? No sé vosotras, pero yo, si he dado con una buena de verdad, me siento en un estado alterado de consciencia, entre conmovida, eufórica y melancólica todo a la vez, sí, melancólica también,  porque se acaba y porque sé que lo que estoy sintiendo hace el momento único e irrepetible: podré leerla más veces, incluso dejar que pasen años, pero no volverá a producirme las mismas sensaciones.

Entonces te levantas de donde te halles leyendo, y comienzas a caminar extraña, algo desorientada, como si acabaras de bajarte de «El gusano loco», la atracción de feria de mi niñez, ¿la recordáis alguna?, ¿cuando se acababa el viaje, se levantaba la capota que te mantenía a oscuras y salías dando tumbos?

Es natural, después de haber permanecido por muchos minutos, tal vez algunas horas, firmemente anclada al presente, sin otros pensamientos que vinieran a  nublar nuestra concentración, sentimos una vuelta a la realidad abrupta para la que aún no estamos preparados y que durante un buen rato nos mantendrá en un limbo agridulce en el que lo real aparece desdibujado, casi irreconocible y desconectado, como cuando estamos atrapados por un buen sueño y nos resistimos a despertar.

Los minutos pasan, las horas pasan y esos sentimientos se van digiriendo, y como todo lo que se digiere, si se digiere bien, debe seguir su camino por nuestro cuerpo, almacenando aquello que nos sea de provecho y desechando lo que no.

 Como ya dije en mi anterior artículo: La Novela romántica no es un mero pasatiempo, las emociones que nos producen nos conecta con las propias, nos hace conscientes de ellas, nos ayuda analizarlas y a  reconocer cuando estamos dejando que influyan nuestros pensamientos y nuestras acciones.

La lectora de romántica sabe reconocer aquellas emociones de pareja que si nos arrastran, no nos llevan a ninguna parte y sabe de los peligros de dejarse guiar por ellas a la hora de tomar decisiones. Sabe que los arrebatos, en la realidad, resultan muy diferentes a como resultan sobre el papel y  lo estúpido que sería confiar en la suerte.

¿A santo de qué digo todo esto? Pues porque es muy frecuente considerar por parte de los que desdeñan el género (ellos y ellas), que somos unas romanticonas crédulas que soñamos con el príncipe azul y que además lo queremos inoxidable e inalterable para toda la vida. Y nada más lejos de la realidad, ni contamos con ello ni lo necesitamos, para eso están las novelas que empiezan y acaban en el enamoramiento y no van más allá; nosotras, por el contrario, si acaso, hemos ensayado en las historias muchos recursos que nutren nuestra imaginación para aceptar la vida vivita y coleando, con sus pros y sus con, tal cual se presente. 

 No voy a negar, tampoco conviene engañarse, que últimamente leo en las Redes Sociales algunas frases cursis y muchas publicaciones ñoñas entre nuestras tropas (nada diferente por otra parte a lo que se lee por ahí en general) que me sorprenden, quizás porque en otros tiempos, la experiencia de vida de la lectora media era tal que la mantenía con los pies en la tierra  y tenía muy claro que:  lo que se lee en romántica, se queda en romántica.

En mis novelas el enamoramiento va cargado de emociones difíciles de gestionar por sus protagonistas, como nos pasa a todos, pero cuando llegan al final feliz, hay algo que los dos tienen muy claro, y es que no es el final, es el principio de la aventura más importante y desafiante de su vida, la que va a requerir de más entereza, creatividad y paciencia para mantener unidos los dos átomos más inestables y difíciles de enlazar de la naturaleza, que son dos seres humanos.

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