¡Romances sin hombres tóxicos! Esta sí que es nueva
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| Fotografía de Maria Ovchinnikova |
Después de muchos años en los que se acusaba a la novela romántica de lo contrario, de fantasear con hombres sobrenaturales: perfectos, ricachones y guapísimos que supuestamente causaban nuestra flojera mental para convivir con el hombre corriente, lo de librarnos ahora del hombre tóxico para protegernos de ese mismo hombre corriente me parece un experimento más, destinado, como suele ocurrir en esos casos en los que no metemos a arreglar el mundo, a provocar justo lo contrario de lo que se pretende.
Nuestra escritora parecía tener dos certezas muy claras: primera, que un hombre tóxico es lo mismo para todas, y segundo, que haciéndolo desaparecer de nuestras ficciones nos beneficiaba. Y tercero, sí, he dicho dos, lo sé, esta va de regalo: que lo que se lee se cría. A ver si va a ser eso, veámoslo.
Hace un par de décadas uno de esos hombres «tóxicos» nos hubieran puesto los dientes largos, siempre y cuando la protagonista le enseñara lo que vale un peine y se encargara de reformarlo. Al final resultaría que no era para tanto, que lo que necesitaba era una mujer como nosotras que le parara los pies, lo redimiera con su amor y le enseñara a confiar. Para que la novela fuera satisfactoria no podía quedarnos dudas de que la evolución del personaje era real y duradera, el compromiso total.
Me diréis que no todas eran así y que se leían muchas cosas aberrantes; pues sí; siempre hubo y habrá novelas y novelas... y es tarea solo nuestra elegir lo que nos llevamos a los ojos.
Es cierto también, que esa evolución del personaje y ese compromiso se iba volviendo cada año más difícil de definir de forma creíble y satisfactoria a medida que los roles de ambos sexos iban cambiando dentro y fuera de la pareja, pero para eso estuvo siempre la literatura, para ensayar: la ficción como campo experimental para la sicología y viceversa.
Sin embargo, ahora esa fantasía no nos vale, ya no se cree en que el hombre se pueda reformar ni se acepta, si lo comprendes lo justificas según nos dicen: ha nacido el hombre normativo.
Lectoras de la novela romántica histórica, ¿Os suena? Nosotras sabemos de eso. ¿Recordáis a la mujer normativa? Claro que sí, todas conocemos al dedillo el código de conducta de la perfecta señorita: que si nada de conversaciones inteligentes, que si nada de mostrar apetencias ni «necesidades», que si nada de opiniones propias ni mucho menos entretener sus lindas cabecitas en la marcha de los negocios e intereses de los hombres, etc. ¿Y qué hacían todas ellas? Sí, así es, fingir. Se aprendían todas esas reglas de memoria, las practicaban frente al espejo y luego, una vez casadas, dejaban salir la auténtica mujer que estaba en su derecho de ser y le ponían los puntos sobre las íes a su protagonista bajo el aplauso de nosotras, las lectoras.
La moraleja era: tú me obligas a ser la que no soy, me pides mentira, pues toma mentira. Nos hace mucha gracia y sigue siendo uno de los tópicos preferidos de la novela romántica, era lo que se merecían por no saber mirar de frente a la verdad. ¿No es así? Son las consecuencias de disfrazar la realidad, solo que en este caso nosotras habremos tendido la trampa y habremos saltado en ella después.
Al parecer, la autora del podcast ha hecho suya la misión de mostrarnos al hombre correcto como si necesitáramos la guía de otra mujer más sabia. Una supuesta noble tarea, para nada nueva como podéis ver en mi artículo ¿Por qué volvemos a "reeducar" a la mujer con la NR? Solo que en este caso nos engañamos solas: la inútil novela moralizante.
El pasado del protagonista no sirve para justificar su comportamiento —decía la escritora—, con lo cual parece decir una de estas dos cosas: que lo quiere de pasado impoluto, de familia funcional o, de no ser así, que todo lo vivido no influya en su comportamiento. ¿Qué lo finja? —me pregunto yo—. No, que lo finja no, que lo haya superado—debe querer decir la autora—. ¿Cómo? —¿Ha ido al sicólogo, ha tenido un despertar? Eso es problema de ellos, tienen que poder.
No sé qué opinaréis vosotras, si el truco os convence. A mí personalmente, la idea de que un hombre, mucho más fuerte que nosotras físicamente, desarrolle ahora las astucias del engaño que nosotras nos vimos obligadas a utilizar, me pone los pelos de punta. De hecho no hay nada que se parezca más a un hombre tóxico, esos que de entrada son tan encantadores según reconocen sus propias víctimas.
No, no les llevemos por ese camino. Quiero a mis protagonistas auténticos, hombres libres, masculinos con sus hormonas intactas, con sus defectos y virtudes reconocibles, con pasados confesados y asumidos por ambas partes. Lo que le ha pasado cuenta, lo quieras o no; si te dicen lo contrario, miente. Sabido esto, ahora, vamos a negociarlo, vamos a llegar a compromisos; sin mentiras. No te hagas el bueno.
Ante personajes verosímiles a las autoras se nos abre un filón, el de investigar cómo abordaríamos cada perfil: ver si hay estudios, bibliografía, propuestas alternativas, testimonios; ¿Cómo lo han resuelto otras parejas? Estas son las soluciones que nos permiten navegar la realidad, las que nos interesan, nos intrigan, nos ponen en situación y nos emocionan. Las otras, las del hombre ideal, son la solución rosa del autoengaño.
No obstante, el experimento no ha llegado muy lejos y pronto ha traído sus frutos. Como bien es sabido no se puede poner puertas al campo y a la lectora joven, por mucho que aún no sepa de la vida, este tipo de hombre ideal además de aburrirle de muerte le huele a chamusquina y se ha inventado una solución alternativa: el DARK ROMANCE.
Como digo en este artículo El Dark Romance no es el triunfo del hombre tóxico, sino la consecuencia del hombre normativo , las jóvenes están conectadas instintivamente a lo que los mayores hacen y no a lo que los mayores dicen que se debe hacer y por lo tanto intuyen que ese hombre que le quieren colar es un caballo de Troya.
Es una salida ingeniosa, o al menos así lo veo yo, de lidiar con una realidad que no es congruente, que les crea disonancia y es que los hombres y las mujeres ya no saben serlo, no saben qué se espera de ellos, si me apuráis, ya no saben ni lo que fingir porque con ninguna de las caretas quedan satisfechos. Si les preguntan te dirán que el Dark Romance les emociona, las hacen sentir vivas, pero que en ningún momento querrían en la vida real estar con un hombre así. Lo que no te dicen, porque no se atreven, es con cual se quedarían en la vida real, quizás porque ni ellas mismas lo sepan.
Desengañémonos, tenemos las mismas posibilidades de conseguirnos un hombre ideal describiendo sus cualidades en nuestras novelas que la tuvieron los hombres con las suyas. Sucede que como en el juego infantil del martillazo al topo; si aplastas a un CEO arrogante en un agujero, te sale un mafioso por otro, y si aplastas a una mujer en apuros necesitada de protección, te sale una esclava sexual, así que cabe cuestionarse la utilidad del martillo.
Mi conclusión es que las novelas no deben utilizarse para influir en las personas y crear la realidad, sino para ensayar la vida y eso solo se hace con libertad y creatividad. En mis novelas mis personajes salen de mis observaciones, mis experiencias, mis lecturas, no tienen un molde, y mis conflictos nacen de las mismas fuentes. ¿Pruébalos a ver qué dices?

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